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Postulación y Admisión

PROCESO DE POSTULACIÓN Y ADMISIÓN

Procedimiento a considerar en el proceso de postulación y admisión al Seminario Teológico Alianza de Temuco STAT. El primer paso para estudiar en uno de los programas de STAT es ser admitido como estudiante del Seminario. Para ello, se debe informar y llevar a cabo los trámites de postulación en los tiempos determinados. En el proceso de ingresar a los estudios bíblicos y teológicos, las motivaciones pueden ser variadas, pero siempre creemos  que pasa por un llamado  de Dios, que nos estaría llevando a participar de algún ministerio en la misión de Dios en este mundo. Por lo mismo se hace necesario, discernir un llamado específico al ministerio cristiano y el estudio teológico formal para ellos. Además habría que agregar la necesidad, de contar con el apoyo de una comunidad cristiana de fe y de familia.

 

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INVITACIÓN A LA REFLEXIÓN EN TORNO A VOCACIÓN Y MINISTERIO

John Stott, dice: “Si Dios tiene un propósito para la vida de su pueblo, y si es posible descubrir su propósito, entonces nada debería ser más importante que discernir y cumplir dicho propósito. Por cierto que el apóstol Pablo indicó que esta era su expectativa.” “Somos hechura suya –afirmó- creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Ef.2:10). Por lo tanto, si hay buenas obras que Dios ha planeado y concebido para nosotros, presumiblemente desde antes que naciéramos, por cierto que debemos averiguar cuáles son. Con razón Pablo escribió más adelante en la misma carta: “No seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.” (Ef.5:17). Siguiendo a John Stott, si nos preocupa descubrir hacia dónde nos está conduciendo Dios (guía) y a qué nos está llamando (vocación), podemos estar seguros de que esto estará relacionado con la manera en que mejor podamos servirle (ejercer el ministerio). Aún más, al igual que con las palabras “guía” y “vocación”, con la palabra “ministerio” es preciso que distingamos entre un significado amplio y otro más restringido, entre una aplicación general y una aplicación particular. Aquí tenemos tres afirmaciones en torno al ministerio. a. Primero, todos los cristianos sin excepción alguna son llamados al ministerio; más todavía, a dedicar su vida toda al ministerio. Todos son llamados a  la diakonia, el servicio. ¿Cómo se puede hacer una aseveración tan dogmática? A causa de Cristo Jesús. Su señorío sobre nosotros tiene una dimensión vocacional. Puesto que él es “el siervo” por excelencia, que se dio a sí mismo sin reservas al servicio de Dios y los seres humanos, sería imposible ser discípulo suyo sin procurar seguir su ejemplo de servicio. El predicó el reino, sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, se hizo amigo de los desamparados, se puso del lado de los oprimidos, consoló a los doloridos, buscó a los perdidos y lavó los pies de sus apóstoles. Ninguna tarea le resultaba demasiado exigente y ningún ministerio demasiado indigno, como para que él no lo cumpliera. Vivió su vida y murió su muerte dedicado a un servicio total y absolutamente desprendido. ¿No hemos de imitarlo? El mundo mide la grandeza por el éxito; Jesús la mide por el servicio. b. En segundo lugar, hay una gran variedad de ministerios cristianos. Esto es así porque el vocablo “ministerio” significa “servicio” y existen muchos modos diferentes en los cuales podemos servir a Dios y a la gente. Hechos 6.1-4 proporciona una base bíblica firme para esta convicción. Una disputa étnica o cultural estaba despedazando a la iglesia de Jerusalén. Los “judíos griegos” se quejaban contra los “judíos hebreos” de que se estaba discriminando a sus viudas en lo relativo a la distribución diaria de alimentos. Más todavía, los apóstoles se vieron envueltos en esta disputa; el problema estaba ocupando buena parte de su tiempo y amenazaba con distraerlos de su papel de predicadores y maestros para el cual habían sido comisionados por Jesús. De manera que, sabiamente, citaron a una reunión de la iglesia y dijeron: “No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir (diakonein) a las mesas.” Entonces se le pidió a la iglesia que eligiese siete hombres para esa responsabilidad, mientras que, agregaron los apóstoles, “nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio (diakonia) de la palabra.” Hay una clamorosa necesidad de hombres y mujeres cristianos que entiendan su actividad cotidiana como su principal ministerio cristiano y que estén resueltos a penetrar en el entorno secular en el cual se desenvuelven para dar a conocer a Cristo. c. Tercero, es probable que el ministerio particular al cual nos llama Cristo esté determinado por nuestros dones. Es decir, el factor principal al decidir la actividad para toda la vida probablemente sea la clase de persona que seamos por efecto de la creación y la redención efectuadas por Dios. Dios no es un creador que obra al acaso; no nos ha dado los dones naturales con el fin de que los desperdiciemos. Tampoco es un redentor que obra al acaso, que nos ha dado dones espirituales para malgastarlos. En lugar de esto, Dios quiere que discernamos cuáles son los dones que nos ha dado, que los cultivemos y los ejerzamos. Por cierto que no quiere que nos sintamos frustrados (porque nuestros dones no tienen utilidad), sino más bien realizados (porque nuestros dones son empleados útilmente). Es  perfectamente compatible con las doctrinas cristianas de la creación y la redención, que razonemos con nosotros mismos de la siguiente manera: “Soy una persona única. (Esto no es presunción. Es un hecho. Si cada copo de nieve y cada hoja de hierba es única, ¿con cuánta mayor razón lo será cada ser humano?) Mi carácter único se debe a mi constitución genética, a la personalidad y el temperamento que he heredado, a mi ascendencia, crianza y educación, a mis talentos, inclinaciones e intereses, a mi nuevo nacimiento y a mis dones espirituales. Por la gracia de Dios soy lo que soy. ¿Cómo puedo, entonces, siendo esa persona única que Dios me ha hecho, entregarme al servicio de Cristo y a la gente, de tal modo que nada de lo que me ha dado se malgaste, y todo lo que me ha dado sea utilizado?” Es posible que haya excepciones a este principio, pero tengo la impresión de que se trata de la pregunta acertada que uno tiene que hacerse. Y así, procurando de esta manera evaluarnos honestamente, sin orgullo ni falsa modestia, es posible que descubramos que nuestros padres y amigos, que son los que mejor nos conocen, sean también los que más puedan ayudarnos. Dos temores que pueden surgir: Primero, no hay por qué temer la voluntad de Dios suponiendo que de seguro ha de ser algo difícil de cumplir. ¡Algunos parecieran imaginar que cuanto más desagradables se presenten las perspectivas, tanto más seguro es que ellas sean justamente la voluntad de Dios! Pero Dios no es un ogro, resuelto a arruinarnos la vida; es nuestro Padre, dedicado a asegurar nuestro bienestar y decidido a darnos sólo aquello que es para nuestro bien. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mt. 7:11). Podemos estar seguros de que la voluntad de Dios es “buena …, agradable y perfecta” (Ro.12:2). Segundo, no hay por qué temer que nunca vamos a descubrir la voluntad de Dios. No hay razón para que nos inquietemos o nos preocupemos, para provocar un estado de tensión nerviosa, o para pasar noches de insomnio debido a la ansiedad. Tenemos amplias razones para confiar que es posible descubrir la voluntad de nuestro Padre, además de saber que su voluntad es buena. Él tiene las maneras y los medios necesarios para mostrarnos lo que quiere que hagamos. La condición fundamental es que nosotros mismos queramos discernir su voluntad, con el fin de llevarla a la práctica. Te invitamos a considerar tu vocación y llamado de Dios. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” 2Ti.2:15.